Autoritarismo sin autoridad
Venezuela ha sido siempre un país de paradojas, de contradicciones no pocas veces grotescas. Una de ellas, quizás la más notoria, reside en el hecho de haber sido privilegiada por la naturaleza con enormes riquezas, algunas incluso de relativamente fácil explotación, y, sin embargo, siempre hemos tenido enormes sectores de población sumidos en la más espantosa miseria. Con el agravante de que tal situación no se ha dado porque esas nuestras riquezas no hayan sido explotadas, puesto que solo la producción petrolera nos ha producido enormes sumas de dinero, más que suficientes para haber exterminado toda traza de miseria. Y no ha sido así. Si algo nunca podría alegarse entre nosotros para justificar o explicar la persistencia de enormes penurias en la sociedad venezolana es la carencia de recursos.
Nuestras paradojas se dan también, a menudo, en el ámbito político. Son innumerables los hechos de la política vernácula que ilustran la famosa teoría de lo real maravilloso, según la cual ciertas realidades son tan insólitas, que desafían las más exaltadas muestras de la fantasía.
En Venezuela es cada vez más notorio que hoy padecemos un gobierno autoritario. Mejor dicho, no un gobierno, sino mas bien un gobernante autoritario. El autoritarismo que hoy sufrimos no proviene propiamente del gobierno, sino directa y exclusivamente del presidente de la República. Todas sus acciones, desde su lenguaje cotidiano hasta la variada gama de sus decisiones, van signadas inequívocamente con el sello de la autoridad que se ejerce de manera personalísima, en forma omnímoda, sin sujeción a leyes de ningún tipo. De suerte que, cuando uno oye a Chávez, a través de los medios de comunicación, anunciar diversos actos de gobierno, desde el simple nombramiento de un funcionario, hasta un inquietante decreto de expropiación de empresas privadas o de "congelación" de las relaciones con un determinado país, no podemos dejar de pensar que aquello ha sido decidido así porque al señor sencillamente le ha dado la gana.
Lo paradójico, y a veces lo cómico, es que, una vez traspuesto ese ejercicio de autoridad, casi siempre a través de los medios de comunicación, se percibe lo contrario, un relajamiento, cuando no una aniquilación de toda autoridad. Si algo caracteriza a la actual situación política y administrativa de nuestro país es la falta total de autoridad en todos los niveles. El frecuente espectáculo del presidente regañando a sus ministros y otros funcionarios porque no han dado cumplimiento a sus órdenes demuestra lo aquí dicho. Ello pone en evidencia que los ministros regañados "no le paran" al presidente, y quizás no sea pecar de exceso de imaginación suponer que muchos de esos ministros, cuando se preparan para la próxima cadena mediática se preguntarán: "¿Con qué nos irá a salir hoy este loquito?".
Pero no es sólo en esos ámbitos que ocurre tal cosa. En la Venezuela actual se ha perdido toda noción de autoridad en todos los niveles.
Caracas, 02 de mayo de
2008.
|