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Infantilismo

........................................................ A mi amigo Geovanny Pérez

El fracaso de Hugo Chávez como gobernante, y como aspirante líder de una supuesta revolución socialista —paradigma del por él mismo llamado “socialismo del siglo XXI”—, no se debe a sus ideas y propósitos políticos.

O por lo menos no sólo a ellos.

Es claro que Chávez no tiene una ideología definida y coherente, sino un montón de ideas sueltas, a veces anárquicas y contradictorias, casi siempre producto del in promptu, sin que formen un verdadero cuerpo de doctrina.

Muchas son ideas positivas, altruistas, por lo menos bien intencionadas.

Pero eso no basta para gobernar con eficiencia. Además de que al lado de esas ideas las ha habido también completamente disparatadas, caóticas e inequívocamente antidemocráticas.

Nada de lo dicho —advierto— niega la posibilidad de que Chávez actúe dentro de un esquema totalitario y militarista, y con siniestros planes guiados por una clara vocación dictatorial.

Creo que en el fracaso de Chávez ha pesado mucho su inmadurez. Ya sé que los estudiosos de la sociología política suelen atribuir muy poca o ninguna importancia a los rasgos personales de los dirigentes. Pero este caso demuestra, a mi juicio, lo equivocado de esa apreciación. El fracaso de Chávez es imputable, con mucha fuerza, a ese factor personalísimo, como es su inmadurez mental. No sólo porque esta es, de por sí, un lastre demasiado pesado en una gestión de gobierno, sino también porque es contagiosa, e irradia de la persona del presidente a la mayoría de sus inmediatos colaboradores, que tienden a imitarlo en sus infantilismos, casi siempre por congraciarse con él.

La inmadurez de Chávez se manifiesta en su oratoria destemplada, procaz, insultante, desvergonzada, carente de ideas, las cuales son reemplazadas por las expresiones más escatológicas.

Casi siempre esa oratoria refleja la mentalidad de un niño malcriado.

Pero se manifiesta también en actos de gobierno, que sorprenden y molestan hasta a gente afecta a Chávez y al chavismo. Un ejemplo es la errática y a veces desastrosa política internacional, coronada en días recientes por dos nombramientos que nadie se explica:
el de Nicolás Maduro como Canciller, absolutamente ignorante de los delicados entretelones de la diplomacia, y el del pendular Francisco Arias Cárdenas como embajador en la ONU, a cuya igual ignorancia agrega una conducta ética nada plausible. La imprudencia —evidente signo de inmadurez— es en este caso tanto más grave, cuanto que esos nombramientos se dan en vísperas de una situación particularmente delicada para el país, por la campaña electoral en que el presidente arriesga su permanencia en el cargo, y por el trance de pelear por un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU. En este último caso lo aconsejable era designar un embajador muy ducho en esos menesteres, y con una autoridad moral por encima de las debilidades del propio gobierno.

Lo peor es que, como me decía un amigo muy inteligente y sagaz, la inmadurez y el infantilismo de un gobernante pueden ser causa de asombro y hasta motivar la risa y la burla, pero son también signo de una grave irresponsabilidad.

Caracas, 03 de noviembre de 2006.