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Ilusiones

Es natural que la llegada a la presidencia deUSA de Barack Obama haya producido una ola de optimismo en aquel país, y en el mundo entero. Obama en la Casa Blanca significa en la historia política de USA un cambio radical, no sólo por su condición de ser el primer Presidente de cercano origen africano de Estados Unidos, sino también porque su pensamiento político viene a ser una verdadera novedad, a la izquierda de Kennedy y de Clinton. No hay duda de que esta elección es un indicio clarísimo de la madurez de la democracia estadounidense. Recuérdese que hace apenas cuarenta años era impensable que un negro se sentase en un autobús en los asientos destinados a los blancos, mucho menos que ingresase a una universidad no destinada a los negros.

Esto no quiere decir que la democracia estadounidense sea perfecta. Muchos son los vicios y defectos que la desmejoran. Pero uno de los más detestables es el que con la elección de Obama pareciera sufrir una radical rectificación.

Ese optimismo, sin embargo, puede resultar exagerado y conducir a más de una frustración. El simple hecho de la elección y asunción al poder por el carismático afroamericano es de por sí un signo que invita al optimismo. Pero no es seguro que el nuevo Presidente pueda hacer todo lo que se espera de él.

Algunos de los pedimentos que se la han hecho, especialmente en lo que se refiere a la política exterior, vistos objetivamente son apresurados, productos de la mala costumbre de pedirlo todo de una vez, en lugar de en forma escalonada y conforme a las realidades que en esos casos es preciso vencer.

Uno de los reclamos más vehementes y que con más insistencia se hacen a Obama tiene que ver con la política imperialista de los Estados Unidos. Reclamo justo, sin duda, pero contra el cual operan obstáculos muy poderosos. El imperialismo no es la invención de un gobernante determinado, ni depende de la buena o mala voluntad de dicho gobernante. La política imperialista estadounidense se ha mantenido por años, y se ha puesto de manifiesto de muy diversas maneras. Aunque sea absolutamente incomparable un Teodoro Roosevelt con John F. Kennedy o Bill Clinton, por ejemplo, no están exentos los dos últimos de su responsabilidad en la aplicación de ciertas políticas imperiales, sin que en eso interviniese la voluntad personal de ellos, y sin que tales acciones, por lo demás, negasen la trayectoria democrática de ambos. Pero en Estados Unidos funcionan el estado de derecho y las instituciones republicanas, expresamente establecidas para controlar la acción gubernamental. La supuesta abolición del imperialismo estadounidense no es cuestión de la voluntad del Presidente, ni puede hacerse por decreto. Una nueva política estadounidense, netamente antiimperialista, supone el desmantelamiento de un conjunto de organismos y de realidades políticas, como la CIA y las bases militares, vayan sólo como ejemplos, que no pueden ser decididas por la sola voluntad del Presidente.

Caracas, 06 de febrero de 2009.