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Democracia

Bastante se ha hablado sobre las elecciones presidenciales. Nadie quiere quedarse sin decir lo suyo. Lo cual no está mal. Si algo bueno han tenido estos ocho largos años de mal gobierno, es ese despertar en la gente del interés por la política. Sólo que se ha manifestado en una especie de pasión, con una abundancia inusitada de los llamados, casi siempre por ellos mismos, “analistas políticos”.

Algunos han dicho cosas sensatas, tratando de analizar las cosas con sagacidad e inteligencia. Otros, de buena o de mala fe, se han dedicado al fácil ejercicio de despotricar del candidato que tuvo el coraje de enfrentarse al autócrata incivilizado, y logró una verdadera avalancha de votos, conseguidos, desde cero, en apenas tres meses de una campaña electoral muy difícil, en brega desigual contra el más monstruoso ventajismo y la tramposería que haya conocido nuestro país. Sin darse cuenta, equivocadamente o a propósito, de que el reconocimiento por Rosales de la derrota significaba, ciertamente, la legitimación del candidato continuista, pero también la legitimación del propio Rosales como líder de la oposición.

Traidores y vendidos es lo más menudo que les han endilgado a Rosales, a Teodoro y a otros de sus colaboradores inmediatos en la campaña electoral. Ingenuamente, algunos, de buena fe, se preguntan dónde estuvieron aquellos miles de entusiastas asistentes a las marchas a favor de Rosales. La respuesta es, sin embargo, obvia: estuvieron entre los cuatro millones largos que votaron por él.

Mucho se ha querido destacar que, supuestamente, el acto electoral del 3 de diciembre, y sobre todo la actitud seria y responsable de Rosales, han sido un triunfo de la democracia. Y en el informe preliminar de los observadores de la Unión Europea se ha puesto énfasis en que la jornada de ese día fortaleció la democracia en Venezuela. Esto último es una falacia, amparada, al parecer, en la idea de que el ejercicio democrático de un pueblo reside sólo en el acto de votar.

No es así. En las últimas elecciones es evidente que la votación atribuida a Chávez estuvo inflada, por miles de votantes chimbos, que aparecen en el registro electoral, pero sin derecho a ello. Entre ellos muchos vinieron de Colombia, pues es falso que el cierre de la frontera se haya realizado eficazmente. Otros electores sufragaron dos o tres veces, y hasta más, burlando los controles que supuestamente se ejercía sobre los votantes.

Es indudable que esos votos chimbos inflaron la diferencia entre los dos candidatos, pero no le dieron el triunfo a Chávez, que sin ellos de todos modos hubiese ganado.

Por otra parte, ningún efecto tiene el resultado de estas elecciones en el manejo autoritario del actual gobierno. Nada tienen que ver las elecciones del 3 de diciembre con el hecho, público y notorio, de que Chávez ejerce el control férreo de los demás poderes públicos, lo cual pone en evidencia el carácter antidemocrático y fascista de su gestión gubernamental. Esto, pues, niega la especie de que de las recientes elecciones la democracia venezolana haya salido fortalecida. El futuro inmediato lo demostrará.

Caracas, 15 de diciembre de 2006.