Si
aquí hubiera oposición
Por mucho menos de lo ocurrido en Venezuela en los últimos cinco o seis
años han caído gobiernos en Argentina, Bolivia, Perú y
Ecuador, en algunos de ellos más de una vez. Y no me refiero sólo
a las graves torpezas y desastrosas políticas del gobierno chavista,
sino también a las gigantescas manifestaciones de protesta que se realizaron
en Caracas y en casi todo el país antes del fallido referendo revocatorio.
En ninguno de aquellos países llegaron a producirse concentraciones de
calle tan grandes y clamorosas. Y sin embargo, nunca logramos lo que en ellos
se obtuvo con esfuerzos muy grandes, desde luego, pero mucho menores de lo que
fueron los nuestros.
Mucha gente se pregunta por qué. Es un fenómeno anormal y sorprendente.
Si se aplican las formas tradicionales de analizar los fenómenos políticos
y sociales, lo que ha ocurrido en Venezuela es anormal e inexplicable. Y, sin
embargo, la explicación es más sencilla de lo que parece: lo que
ha mantenido a Chávez en el poder, a despecho de sus incontables disparates,
ha sido la ausencia de una oposición coherente, aguerrida, inteligente
y combativa. A ello se unen algunos otros factores, pero de segundo orden, incapaces
por sí solos de darle al gobierno la inexpugnabilidad que hasta ahora
ha tenido. Uno de ellos, por supuesto, ha sido la abultada chequera de petrodólares,
con los cuales Chávez compra conciencias y adhesiones, dentro y fuera
del país. Otro, las estupideces de la política imperial del señor
Bush, que cada vez que abre la boca apuntala a Chávez en Miraflores. Pero
nada de eso le habría bastado a este para mantenerse en el poder, si hubiésemos
tenido una oposición de verdad.
Hoy en Venezuela hay opositores, pero no oposición. La situación
a que el país ha llegado nos agarró desprevenidos, con los partidos
prácticamente desmantelados, autodestruidos por sus graves errores y sus
políticas malsanas, que fueron, precisamente, las causantes de lo ocurrido
en Venezuela a partir de 1998, o un poco antes. El papel de partidos otrora poderosos,
como AD y Copei, y el estado de postración y aniquilamiento a que han
llegado, es verdaderamente vergonzoso, con una dirigencia –si es que el vocablo
les es aplicable– rayana en la estupidez, con jefecillos y liderzuelos –restos
del naufragio– tan incapaces como fatuos, resistidos, muchos de ellos, a entender
que su tiempo pasó, y que por estar demasiado comprometidos con las funestas
políticas partidistas del pasado, signadas por la corrupción y
la desidia, hoy no tienen nada que buscar, y hasta dañan, con su presencia,
sus ambiciones y su desprestigio, la posibilidad de construir una verdadera oposición.
No soy de los que subestiman a Chávez.
Reconozco su inteligencia y su habilidad para la maniobra y la tracalería
inescrupulosas. Pero todo ello, afortunadamente, lo neutraliza él mismo
con sus desplantes, sus intemperancias, su improvisación y su inmadurez.
De modo que tales “virtudes” inevitablemente se estrellarían contra una
oposición como la que nos está haciendo falta.
Lo más dramático es que esa legión de opositores ha dado
demostraciones de inteligencia y de una rara intuición política,
pero ha sido condenada a andar al garete, huérfanos como están
de partidos y de líderes.
Caracas, 16 de junio de
2006.
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