Monseñor Castillo Lara
La muerte de Mons. Rosalio Castillo es muy dolorosa, pero no sorprendente.
La edad a que había llegado era de esas en que uno se pregunta, sin morbosidad, pero con realismo, ¿cuánto tiempo me queda? Su ancianidad no fue pacífica ni de reposo. Con admirable dignidad, con energía sorprendente, asumió su responsabilidad ciudadana, más allá de su condición de prelado de alto rango, en defensa de la democracia y en repudio a las tendencias y realizaciones totalitarias y autocráticas del actual gobierno, con una presencia y una actividad más allá de lo que por su edad era de esperarse.
Su condición religiosa, y sobre todo su elevada posición, hacen que su vida y su muerte no sean vistas sólo como hechos personales, y obligan a relacionarlas con la Iglesia de la que fue digno representante. Afortunadamente su conducta no fue distinta de la que oficialmente el catolicismo venezolano ha asumido en los tiempos que corren. Lo cual hay que decirlo, porque no siempre ha sido así.
En efecto, la aguerrida posición de la jerarquía católica venezolana frente al actual régimen merece un justo reconocimiento, aun de quienes no nos identificamos con su credo religioso ni con ningún otro. De enorme utilidad ha sido su actitud institucional, de denuncia de los desmanes gubernamentales y condena de sus abominables tendencias al totalitarismo, la autocracia y el despotismo. Actitud que le ha acarreado los más soeces insultos y las más desconsideradas agresiones del propio Chávez y de algunos de sus más cercanos e incondicionales áulicos. Sin ser vocero oficial de la Iglesia, el Cardenal Castillo Lara, con su personal estilo, supo comportarse dentro de esa posición.
Muy diferente ha sido esta actitud de la Iglesia de la que mantuvo ante la dictadura de Pérez Jiménez. En otras ocasiones he dicho que esta se mantuvo sobre cuatro patas: las Fuerzas Armadas, el empresariado agrupado en Fedecámaras, la Seguridad Nacional y la Iglesia Católica.
Esta última, irónicamente bajo la jefatura del Arzobispo de Caracas, Mons. Lucas Guillermo Castillo —cercano familiar de Castillo Lara—, fue estrecha aliada del dictador, y el propio Arzobispo andaba para arriba y para abajo con Pérez Jiménez en los actos oficiales. Y en la llamada Semana de la Patria la Iglesia autorizó que cada año una de las vírgenes veneradas en lugares del interior presidiese el desfile que encabezaban el dictador, los ministros y el Arzobispo, y al que se obligaba a asistir a los niños de las escuelas y a los empleados públicos, vestidos con flamantes liquiliquis.
Hubo, sin embargo, sacerdotes que, individual y dignamente asumieron posiciones de rechazo a la dictadura, como Mons. Jesús María Pellín y el padre Jesús Hernández Chapellín, entre muchos otros.
Fue a la muerte de Mons. Lucas Guillermo Castillo, en 1955, cuando asumió el Arzobispado Mons. Rafael Arias Blanco, que la Iglesia retiró su apoyo al dictador, factor muy importante en la caída final de la dictadura.
Caracas, 19 de octubre de
2007.
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