Inutilidad de las dictaduras
A raíz de la muerte de Franco, al cabo de cuarenta años de dictadura fascista en España, cuando debieron instalarse las Cortes al comienzo del nuevo período, en razón de su edad le tocó presidir la sesión inaugural a Dolores Ibarruri, la célebre Pasionaria, legendaria dirigente del Partido Comunista durante la República y la Guerra Civil. Lo irónico es que la guerra se había librado para salvar a España del comunismo, objetivo también de la larga y cruel dictadura. El episodio venía a demostrar la inutilidad de aquellos cuarenta años y de las atrocidades de la contienda, una de las más desastrosas y desalmadas que ha conocido la historia.
No es el único caso. Lo habitual es que, al caer una dictadura, por más bárbara y prolongada que haya sido, invariablemente resurge de inmediato, con tanta o más fuerza, lo que con ella se quiso evitar o destruir.
Y habrán sido en balde las atrocidades, la represión y, sobre todo, la pérdida de vidas humanas sacrificadas en el estéril propósito, de lo cual, para peor, será imposible el total resarcimiento.
Dudo que hoy en nuestro país haya un solo político o intelectual de los que sostienen y apoyan al gobierno, que no esté consciente de la inutilidad de todo cuanto se hace para tratar de imponer un régimen inequívocamente totalitario, basado en un supuesto “socialismo del siglo XXI”, que ni es socialismo, ni corresponde al siglo XXI, puesto que no va más allá de una autocracia militarista, por definición tan atrasada y primitiva, que más bien se asemeja a los regímenes despóticos del siglo XIX.
Nada indica que el régimen sedicentemente socialista que el señor Chávez viene anunciando como una novedad, sea distinto del llamado “socialismo real” del siglo XX, que fracasó estrepitosamente aniquilado por un impresionante cúmulo de errores y de vicios, todos propios de la condición humana, que los dirigentes y gobernantes, supuestamente de una nueva estirpe, no fueron capaces de contener y eliminar.
Y todo, hasta ahora, induce a pensar que el tan cacareado “socialismo del siglo XXI” correrá la misma suerte, puesto que muestra aquellos mismos vicios y errores, incluso ampliados muchos de ellos, sin un solo indicio de que los nuevos dirigentes y gobernantes tengan la capacidad ni la voluntad de corregirlos y erradicarlos.
El fracaso, pues, se anuncia como inevitable, con la consiguiente inutilidad de lo que se viene haciendo, más el agravante de que, superada esta dramática coyuntura, serán tan graves e inmensos los daños causados al país, y tan pronunciado el atraso impuesto a nuestro proceso de desarrollo, que se necesitará el ingente esfuerzo de varias generaciones para volver a los niveles, ya de por sí atrasados, que la democracia venezolana, en lo político, lo económico y lo social, tenía en 1999.
¿Son tan ciegos los políticos y los intelectuales que apoyan el llamado “proceso”, que no ven lo que tan diáfanamente se ofrece a los ojos de todos como una abrumadora realidad?
Caracas, 23 de febrero de
2007.
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