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Frase y oración (VI)

Vimos que la frase generalmente forma parte de una oración, de la cual suele ser uno de sus elementos sintácticos. En la oración “La casa de la playa está desocupada” la frase “La casa de la playa” es el sujeto de la oración. En “Desde aquí veo un hermoso paisaje” la frase “un hermoso paisaje” es el complemento directo de la oración. En “Trajo regalos para los hijos de su hermana” la frase “los hijos de su hermana” es complemento indirecto. En “Vendieron la casa a muy buen precio” la frase “a muy buen precio” es complemento circunstancial de modo. Las frases, en fin, pueden desempeñar otros oficios en la oración.

Pero es posible también que una frase sea emitida en forma autónoma, sin que, al menos en apariencia, forme parte de una oración. Es el caso de una frase que, estructuralmente, no se integra dentro de una oración, pero forma ella misma una oración elíptica, de la cual se ha suprimido el verbo. Esto es muy común en las respuestas a oraciones interrogativas. Si alguien pregunta a otro a qué hora ocurrió un determinado acontecimiento, y le responden: “A las 5 de la mañana”, esta frase gramaticalmente no es parte de una oración, pero ella misma puede interpretarse como una oración elíptica de la cual se suprimió el verbo: “Ocurrió a las 5 de la mañana”. Lo mismo si a alguien, que estaba de viaje, le preguntan: “¿Cuándo llegaste?”, y responde: “Ayer en la noche”, esta frase se sobreentiende como una oración en la cual elípticamente se ha suprimido el verbo: “Llegué ayer en la noche”. Igual ocurre en estos ejemplos: “–¿Cuándo te vas?. –Mañana”. “–¿Ya vino el doctor?

–No”. “–¿Vas a la fiesta de graduación? –Claro que sí”.

“–¿Dónde piensas estudiar? –En la Universidad Central”.

No siempre estas frases autónomas suponen una hipotética oración elíptica, bien porque no exista esta oración, bien porque el sentido de la frase ha alcanzado tal grado de expresividad y de comprensibilidad, que no se sobreentiende la supresión elíptica, y hasta porque, de suponerse esta, la oración hipotética resultaría enrevesada, en contraste con la sencillez y fácil comprensión de la frase autónoma. El malogrado gramático Emilio Alarcos Llorach, en su excelente Gramática de la lengua española (1994), destaca este hecho en las frases exclamativas, que a veces podría suponerse que correspondan a oraciones elípticas, pero en otras es evidente que no. Esto es lo que ocurre cuando inesperadamente vemos una hermosa mujer y exclamamos: “¡Qué hembra, Dios mío!”. O cuando el final de la lectura de una novela nos arranca la exclamación “¡Qué maravilla de novela!”, o el terminar de ver una película nos hace exclamar: “¡Tronco de película!”.

En ninguno de estos casos hay oración elíptica, a menos que se quiera hilar demasiado delgado. En el hermoso poema “Retablillo de Navidad”, de Aquiles Nazoa, se dice en unos versos:

“¡Qué pobrecitos que son! / ¡Qué pena tan sin alivio!”. En el primer verso hay una oración completa, de tipo exclamativo, con el verbo ser (son) como núcleo. Pero en el segundo verso, igualmente exclamativo, no hay verbo, ni se sobreentiende ninguno, por lo que se trata de una frase autónoma, pero con sentido completo, el cual se capta más fácilmente por su cercanía con el verso anterior, pero sin que sintáctica o estructuralmente dependa de aquel. Es evidente que el verso “¡Qué pena tan sin alivio!” es una frase autónoma, que, de hecho, se comporta como una oración.

Alarcos Llorach destaca también ciertos rótulos o anuncios que suelen colocarse en lugares públicos, en los que a veces con una sola palabra, que en este caso constituye una frase, se expresa una orden, un deseo o una recomendación: Prohibido fijar carteles. Silencio, por favor. Sólo personal autorizado. Reservado el derecho de admisión.

Algo parecido ocurre con ciertas interjecciones, frases que con una sola palabra expresan inequívocamente un estado de ánimo: “¡ Olé” ; “¡ Hurra!” ; “¡ Bravo!” ; “¡ Ay!” ; “¡ Uy!” ; “¡Hola!”...

Caracas, 09 de mayo de 2006.