Mucho he hablado sobre los mensajes que recibo a través de Internet, que me llegan en un promedio de algo más de cien cada día. Muchos son basura, de esa que demuestra que en el mundo hay miles de ociosos, cuya carencia de imaginación los condena a ocuparse nada más de enviar mensajes electrónicos sin importancia alguna, y a menudo impertinentes y con el solo propósito de fastidiar, molestar o hasta ofender al destinatario.
En cambio, muchos otros contienen consultas sobre aspectos del idioma que nos es común. De estos los hay muy interesantes, que no sólo me aportan temas para mis columnas, sino que también me inducen a investigar sobre una materia tan amplia y compleja, y de ese modo me proporcionan útiles enseñanzas. Mensajes de este tipo son bienvenidos. Desafortunadamente hay otros muy necios, en los que se consulta sobre asuntos que pueden ser resueltos fácilmente en un diccionario, como cuando se me pregunta el significado de una palabra o dónde lleva el acento.
Yo desearía contestar todos los mensajes que lo merezcan, pero no siempre puedo, o lo hago con mucho retardo, por falta de tiempo. Muchas personas lo comprenden y son tolerantes. Pero otras se molestan, y hasta se ofenden por no recibir la respuesta a que tienen derecho. Un caso extremo me ocurrió días atrás. Un lector me escribe lo siguiente: "Sr. Alexis reciba un grato saludo. Le escribo porque deseo que ud. me ayude a aclarar el uso correcto de la palabra ’impreso’. Sin mas me despido de ud. agradeciendo de antemano su atención...". Este mensaje no me llegó directamente, sino a través de mi página Web. Enseguida le respondí: "Estimado amigo: La respuesta a su consulta la puede leer en mi página Web, que ya usted conoce. Gracias por escribirme. Cordialmente, A.M.R".
Para mi sorpresa, el consultante, al recibir un mensaje referente a su consulta de mi hijo Gustavo, que es quien diligentemente atiende mi página Web, le envió la siguiente destemplada e insólita respuesta, que se transcribe textualmente: "muchas gracias...el prof. Ya me respondio...y su respuesta fue muy descortes...con otras palabras me indico que ya ese tema el lo ha discutido suficiente y me dirigio a su pagina web...para ser pedagogo no era la respuesta que esperaba...creo que era mas facil y amable copiar y pegar de sus archivos y dar respuesta a la duda...
Despues de todo esa es la razon de ser de un profesor....me parece a mi...eso es como que un medico ya este cansado de atender mucho casos de una enfermedad y pues deje de atender al paciente simplemente.... Le repito muchas gracias por responder...".
Este mensaje habla por sí solo. Nada más cabe preguntarse: ¿Tiene idea este caballero de para qué es la página Web? Lo insólito es que su mensaje llegó a través de ésta, y entonces, ¿por qué no buscó allí mismo, en la sección "Columnas", bastante visible, la respuesta que pedía? Muy curiosos, por lo demás, sus conceptos sobre la "descortesía" y acerca de lo que él llama "la razón de ser de un profesor...".
Caracas, 13 de mayo de 2008.