Hace poco comentaba que cada día es más frecuente que las personas se preocupen por el buen uso de la lengua. Es algo muy positivo y debe aprovecharse para tratar de mejorar el empleo de ese importante instrumento de expresión y comunicación. No es fácil, sobre todo porque el buen o mal uso del idioma en buena parte depende de la escuela, y es evidente que ésta no está cumpliendo cabalmente con su fin en ese sentido. Esto se debe a muchas causas, que hoy no voy a comentar, porque quiero referirme a otro aspecto del problema, a reserva de hablar más adelante del papel de la escuela en el asunto.
El interés en el lenguaje se manifiesta, entre otras cosas, en la creciente costumbre de consultar sobre diversos aspectos del uso del idioma, así como también por un notorio aumento en el prestigio de los diccionarios y otros instrumentos para el aprendizaje de la lengua.
Sin embargo, atender a ese interés de los lectores que frecuentemente nos consultan no es fácil. Hay diversos tipos de consultantes. Los hay que quieren saber, sinceramente, sobre algo. Otros preguntan con el deliberado propósito de que se les dé la razón que creen tener en determinado asunto. Y abundan también los "puristas", partidarios vehementes de que el idioma no cambie, de que la lengua sea siempre la misma, de que se petrifique.
Ese "purismo" es inútil, sobre todo cuando se basa en una supuesta "pureza" de la lengua que no existe, ni ha existido nunca. Al contrario, no hay en el comportamiento humano nada más impuro ni más contaminado que el lenguaje cotidiano. Andrés Bello decía que el idioma es como un ser vivo, y como tal está permanentemente expuesto a los cambios que inevitablemente le impone la vida de las personas que lo usan. Una de las resistencias más firmes de la gente en materia de lenguaje es a aceptar nuevas palabras. Sin darse cuenta de que todas las palabras que hoy usamos alguna vez fueron nuevas, y muchas de ellas provocaron en su momento serio rechazo.
Un buen ejemplo es el ya célebre verbo "aperturar", que todo el mundo rechaza, pero, paradójicamente, cada día se usa más. Ratifico lo que ya otras veces he dicho: a mí no me gusta, me parece antiestético, antipático e innecesario, y estoy convencido de que nunca lo usaré, e incluso recomiendo no usarlo. Pero eso no significa que sea "incorrecto", como muchos creen. "Aperturar" es un derivado perfecto del sustantivo "apertura". Un derivado que cumple cabalmente las normas de la derivación castellana. "Apertura", por cierto, es un buen ejemplo de lo que he dicho sobre las palabras nuevas. Del verbo "abrir" deriva, en primer lugar, el sustantivo "abertura", documentado ya desde el año 1220. "Apertura", en cambio, es también derivado de "abrir", pero importado del latín como cultismo hacia el año 1800. Con toda seguridad, cuando empezó a usarse "apertura" tuvo la misma resistencia que hoy se opone al verbo "aperturar". Pero "apertura" se impuso como sinónimo de "abertura".
Caracas, 18 de marzo de 2008.