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Clasificación de las oraciones simples (II)

Vimos que las oraciones de tipo negativo suelen construirse con el adverbio “no”, y que este con frecuencia se emplea complementado o reforzado por otros adverbios de negación, por ciertos pronombres indefinidos o por locuciones adecuadas a ese fin: “Yo no lo vi”; “Yo no lo hice jamás”; “Ella no lo quiso nunca”; “No se veía nada”; “Él no ha comido en todo el día”; “Yo no voy por nada del mundo”…

En algunos casos los elementos complementarios o reforzantes pueden sustituir al adverbio “no” con sólo cambiar de posición en la oración, sin que esta pierda fuerza, y hasta puede ser que la aumente: “Yo jamás lo vi”; “Ella nunca lo quiso”; “Nada se veía”… Curiosamente, en estas construcciones la negación se expresa con oraciones que, según su estructura, son afirmativas. Es decir, la oración puede ser gramaticalmente afirmativa, pero su contenido semántico es negativo.

A veces también, sobre todo en el lenguaje coloquial, el refuerzo de la negatividad de una oración se logra repitiendo de manera redundante los elementos negativos: “No lo haré jamás ni nunca”; “No se veía nada ni nadie”; “Ella no lo hizo ni lo hará nunca jamás”…

Es posible también que el sentido negativo expresado con el adverbio jamás, vaya reforzado con la frase “por siempre” o “para siempre”: “No lo hizo por siempre jamás”; “No lo olvidaré para siempre jamás”.

A veces empleamos frases u oraciones negativas que a primera vista parecen contradictorias: “En mi vida lo he visto”. En esta oración el oyente o lector percibe inequívocamente la negación, no obstante que su estructura gramatical es afirmativa. Véase la diferencia entre dicha oración y esta otra: “En mi vida lo he visto un par de veces”. Algo parecido ocurre cuando, a una determinada pregunta, respondemos: “En absoluto”. Esta frase debe interpretarse como una negación rotunda.

También en el lenguaje coloquial es frecuente que, para reforzar la negación empleemos palabras o frases que denotan algo insignificante o de poco valor: “No me importa nada”; “No me importa un carrizo”, o “un comino”; “No vale ni un chorizo”; “No tiene ni un cuero en qué caerse muerto”. En estos casos incluso es posible que la oración sea gramaticalmente afirmativa, pero su sentido será claramente negativo: “Me importa un pepino”; “Me importa un chorizo”. Y es frecuente que estas construcciones se hagan con palabras de las llamadas obscenas: “Me importa un carajo”, o “un coño”. Es obvio que en todos estos casos lo que se entiende es “No me importa nada”, pero con un grado mayor de fuerza.

Contrariamente a lo dicho, a veces construimos frases u oraciones de apariencia negativa, pero que, en realidad, son de carácter afirmativo. Tal ocurre cuando empleamos la preposición “sin” a continuación del verbo: “No lo dijo sin cierto temor”, frase en la cual se entiende “lo dijo con cierto temor”, con valor afirmativo. Así mismo ocurre en la siguiente oración: “Ella se fue, no sin antes dejar resueltos todos los problemas de la familia”. Aquí igualmente la preposición “sin” destruye el carácter negativo del adverbio “no”, pues lo que se dice, afirmativamente, es que “Ella se fue, pero dejó resueltos todos los problemas de la familia”. En otros contextos la preposición “sin” sí tiene carácter negativo: “Salió sin despedirse” equivale a “Salió y no se despidió”.

En algunas oraciones usamos el adverbio “no”, pero no referido al verbo, sino a otra parte de la oración, que es la que absorbe el sentido negativo. Véase la diferencia entre “Ella no puede haberlo dicho” y “Ella puede no haberlo dicho”. En el primer caso se trata de una negación categórica, mientras que en el segundo se expresa una posibilidad, que implícitamente supone una duda.

Estas observaciones son importantes, sobre todo porque dejan al descubierto ciertos prejuicios, muy comunes entre mucha gente, según los cuales, por ejemplo, en Castellano no existe la doble negación, como sí existe en otros idiomas. Los ejemplos dados demuestran que no es así, y que la doble negación es tan propia de nuestro idioma, como de otros.

Caracas, 30 de mayo de 2006